
(Las siguientes anécdotas han sido escogidas de las charlas de Sri Daya Mata
publicadas en su antología El gozo que buscas está en tu interior).
Mañana comienzan las clases de la Convención*, y eso me hace recordar la época en que, por primera vez —hace ya muchos años—, recibí en Salt Lake City clases de esta misma naturaleza impartidas por nuestro venerado gurú, Paramahansa Yogananda. ¡Qué impacto tan enorme ejerció él en mi vida!
Desde pequeña, sentí un incesante deseo de encontrar a Dios en esta vida. Conocí a Paramahansaji cuando yo tenía diecisiete años. En aquel entonces, mi cuerpo se hallaba muy enfermo: padecía de septicemia, y los médicos no lograban encontrar la forma de curarme. Tenía un ojo cerrado por el edema y, también, tres vendajes en la cara. Pero esas vendas fueron una verdadera bendición, porque con ellas mi presencia saltaba a la vista a pesar de la numerosa concurrencia. |
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Daya Mata y Paramahansa Yogananda, Ermita de SRF en Encinitas (California), 1939 |
En aquellos días, el Maestro daba varias conferencias en las cuales presentaba sus enseñanzas antes de las clases en las que exponía los aspectos y métodos más profundos del yoga. Al concluir la última conferencia pública, él invitaba a la congregación a acercarse y saludaba a los asistentes individualmente. Mientras me dirigía a su encuentro, las piernas me temblaban, pues yo era sumamente tímida. Cuando estuve frente a él, miró mi rostro desfigurado y preguntó: «¿Qué te sucede?». Después de que mi madre (que me acompañaba a las conferencias) le explicó mi problema de salud, él dijo: «Regresa mañana a las clases, pero quédate después de que terminen». (Aunque no me lo hubiera pedido, ¡yo ya había decidido asistir!).
Pasé el día siguiente esperando con ansia el momento de hablar personalmente con el Gurú otra vez. Esa noche, él disertó sobre la fe y la fuerza de voluntad. Me inspiró de tal manera que, mientras estaba sentada escuchándole, sentí que era absolutamente posible mover montañas, si se tenía fe en Dios.
Después de la reunión, esperé a ser la última para saludarlo. Durante nuestra conversación, me preguntó de forma inesperada y sin preámbulos:
—¿Crees que Dios puede sanarte? —Al decirlo, sus ojos brillaron con poder divino.
—Sé que Dios puede sanarme —respondí.
Me dio su bendición tocándome en el entrecejo, en lo que se denomina el centro crístico o centro Kutastha (el asiento del ojo espiritual que todo lo percibe). Luego, aseguró: «A partir de hoy, comenzarás a sanar. Dentro de una semana, las vendas ya no serán necesarias y tus cicatrices se habrán desvanecido». Y así fue; exactamente en una semana, la enfermedad desapareció, y jamás volví a padecerla.
*Referencia a las clases que se imparten en la Convención de Self-Realization Fellowship.


Paramahansa Yogananda sentado entre dos discípulos que más tarde se convertirían en sus sucesores espirituales: Rajasi Janakananda y Sri Daya Mata; Ermita de SRF en Encinitas (California), 1939
Recuerdo cierta ocasión en que un grupo de discípulos estábamos sentados alrededor de Guruji mientras conversábamos sobre cuestiones espirituales; de improviso, él nos miró a cada uno de nosotros y comenzó a sonreír. Entonces, le preguntamos.
«¿Qué sucede, Maestro?»; él sacudió la cabeza y respondió: «No atraje hacia mí a personas de mente débil. Todos ustedes poseen una poderosa fuerza de voluntad». Y añadió: «Si alguna vez tienen dificultades, reúnanse y exprésenlas amablemente». El Maestro también solía afirmar: «Los necios pelean, los sabios dialogan». Nadie desea aquí que se le considere un necio; por eso, todos nos sentamos y dialogamos como personas sabias.

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Sri Daya Mata meditando en la Sede Internacional de SRF, frente a una pintura de Paramahansa Yogananda, durante la celebración de su 25.° aniversario como presidenta de SRF/YSS, el 7 de marzo de 1980 |