(31
de enero de 1914 – 30 de noviembre de 2010)
Pasajes
de los escritos de Sri Daya Mata
La
importancia de buscar a Dios
El mundo entero podrá
defraudarnos o abandonarnos, pero si hemos conseguido establecer en nuestro
interior una dulce y tierna relación con Dios, jamás nos sentiremos solos ni
abandonados: siempre permanecerá a nuestro lado ese Alguien que es el verdadero
Amigo, el verdadero Amor, la verdadera Madre o el verdadero Padre. Sea cual sea
el aspecto en que concibas a la Divinidad, Dios es aquello para ti.

En todo corazón humano
existe un vacío que sólo Dios puede llenar. Así pues, haz que la prioridad de
tu vida sea encontrar a Dios.

Dios nos ha dado a
cada uno de nosotros un apacible templo interior, donde ninguna otra persona
puede entrar. Ahí podemos estar a solas con Dios. No es necesario hablar mucho
sobre ese templo interior. Sin embargo, permanecer en él no nos aleja de
nuestros seres queridos, sino que más bien suaviza, fortalece y hace más
permanentes todas nuestras relaciones con los demás.
Cuando acudimos
directamente al Manantial de donde proceden todos los amores (el amor de los
padres por los hijos, de los hijos por los padres, del esposo por la esposa, de
la esposa por el esposo y del amigo por sus amigos), bebemos de una fuente que
nos satisface más allá de todo lo que pudiéramos imaginar.

El hombre fue dotado de una mente y de un cuerpo
con cinco sentidos, a través de los cuales percibe este mundo finito y se
identifica con él. Sin embargo, el ser humano no es el cuerpo ni la mente; su
naturaleza es espíritu, el alma inmortal. Cada vez que se esfuerza por hallar
la felicidad duradera por medio de las percepciones sensoriales, sus
esperanzas, su entusiasmo y sus deseos se estrellan contra las rocas de una
profunda frustración y desencanto. Todo el universo material es esencialmente
efímero y se encuentra en constante cambio. Lo que está sujeto al cambio lleva
en sí la semilla de la desilusión; de manera que, tarde o temprano, el barco de
nuestras aspiraciones terrenales encallará en los arrecifes de la decepción.
Por este motivo deberíamos buscar a Dios, pues Él es la Fuente de toda
sabiduría, amor, bienaventuranza y plenitud. Él es el origen de nuestro ser, el
origen de toda vida. Y hemos sido creados a su imagen. Al encontrarle,
percibiremos esta verdad.
Cultivar
una relación amorosa con Dios
No concibas a Dios
como una mera palabra, ni como un extraño, ni como alguien que mora en las
alturas a la espera de juzgarte y castigarte. Piensa en Él de la misma manera
que desearías que pensaran en ti si tú fueras Dios.

Una de nuestras
grandes flaquezas consiste en tenerle miedo a Dios. Tememos reconocer ante Él
todo aquello que causa una profunda preocupación en nuestra alma, en nuestro
corazón y en nuestra conciencia. Pero eso es un error. El Divino Amado es el
primero a quien deberías acudir con todos los problemas que tengas. [...] ¿Por
qué? Porque mucho antes de que hayas siquiera reconocido tus debilidades, Él ya
las conoce. Ten por seguro que no le estás diciendo a Dios nada nuevo. Sin
embargo, el alma experimenta una maravillosa liberación cuando puedes desahogarte
con Él.

En mi relación con
Dios, prefiero pensar en la Divinidad bajo el aspecto de Madre. El amor del
padre está frecuentemente condicionado por la razón y por el mérito del hijo.
El amor de la madre, sin embargo, es incondicional: en lo que respecta a su
hijo, ella es todo amor, compasión y perdón. [...] Podemos acudir al aspecto
divino de Madre como lo hace un hijo y exigir su amor como algo que nos
pertenece, independientemente de nuestros méritos.

Cuando invocamos a
Dios desde la profunda quietud del corazón —con el anhelo puro y sincero de conocerle,
de sentir su amor—, obtenemos infaliblemente su respuesta. La dulce presencia
del Amado Divino se convierte así en la Realidad suprema, que transforma
nuestra vida y colma el alma de satisfacción.

Lo que conmueve el
corazón de Dios no son necesariamente las oraciones prolongadas. Basta un solo
pensamiento expresado repetidamente desde las profundidades del alma para
atraer la grandiosa respuesta divina. Ni siquiera me gusta emplear la palabra oración, porque parece sugerir una
súplica ceremoniosa y unilateral dirigida a Dios. Para mí, conversar con Dios,
hablándole como a un amigo íntimo y querido, constituye una forma de oración
más natural, personal y eficaz.

Cultiva una relación
más personal con Dios, considerándote como su hijo, su amigo o su devoto.
Debemos disfrutar de la vida con la conciencia de que estamos compartiendo
nuestras experiencias con Aquel que posee bondad, comprensión y amor supremos.

Nuestra relación con
Dios se vuelve muy dulce y sencilla cuando procuramos recordar lo cerca que Él
está de nosotros en todo momento. Si tratamos de obtener manifestaciones
milagrosas o resultados extraordinarios en nuestra búsqueda de Dios, es muy
probable que pasemos por alto las diversas maneras en que continuamente Él se
acerca a nosotros.

Siempre que alguien te
preste su ayuda, reconoce en dicho gesto la mano de Dios que te otorga esa
gracia. Cuando alguien diga algo amable acerca de ti, oye la voz de Dios que
resuena en el fondo de esas palabras. Cuando algo bueno o hermoso engalane tu
existencia, considera que viene de Dios. Asocia con Dios todo lo que suceda en
tu vida.
La
importancia de la meditación
Tanto aquí como en el
extranjero, la gente se acerca y me dice: «¿Cómo le es posible permanecer
sentada e inmóvil en meditación durante tantas horas? ¿Qué es lo que hace
durante esos períodos de quietud?». Los yoguis de la antigua India desarrollaron
la ciencia de la religión. Descubrieron que, mediante ciertas técnicas
científicas, es posible aquietar la mente de tal modo que no subsista la más
mínima ondulación de pensamientos agitados que la perturben o distraigan. En
ese claro y apacible lago de la conciencia, podemos contemplar entonces la
imagen de Dios que se refleja en nuestro interior.

Las escrituras
sagradas de todo el mundo afirman que estamos hechos a imagen de Dios. Si eso
es verdad, ¿por qué no tenemos conciencia de que somos inmaculados e inmortales
como lo es Él? ¿Por qué no nos vemos a nosotros mismos como encarnaciones de su
espíritu? [...]
Una vez más, ¿qué es
lo que dicen las escrituras sagradas? «Aquietaos y sabed que Yo soy Dios».
«Orad constantemente». […]
Si practicas
regularmente la meditación yóguica con atención concentrada, llegará el momento
en que de repente te dirás a ti mismo: «¡Oh! No soy este cuerpo, aun cuando lo
use para comunicarme con el mundo; tampoco soy esta mente, con sus emociones de
ira, envidia, odio, codicia y descontento. Lo que en realidad soy es ese
maravilloso estado de conciencia que percibo en mi interior. Estoy hecho a
imagen de la bienaventuranza y del amor de Dios.

Existen varios puntos
básicos que nos permiten desarrollar una actividad muy intensa sin perder, no
obstante, nuestra paz o equilibrio interior. El primero de ellos es comenzar el
día con un período de meditación. Las personas que nunca meditan no pueden
llegar a experimentar la enorme paz que inunda la conciencia cuando ésta se
recoge profundamente en el interior. Ese estado de paz no se puede alcanzar
sólo por medio del pensamiento o la imaginación, pues se encuentra más allá de
la mente consciente y de los procesos de pensamiento. Por eso son tan
maravillosas las técnicas de meditación yoga que nos enseñó Paramahansa
Yogananda. Todo el mundo debería aprender a usarlas. Cuando las practicas de
manera correcta, sientes realmente que estás nadando en un profundo océano de
paz. Comienza el día anclando tu mente en esa tranquilidad interior.

Por medio de la meditación llegamos a olvidarnos de nosotros y pensamos más
bien en nuestra relación con Dios y en cómo servirle en los demás. El devoto
debe olvidar su pequeño ego si aspira a recordar que está hecho a la divina
imagen de Dios, que es inmortal y siempre consciente.
La Biblia dice: «Aquietaos y
sabed que Yo soy Dios». En esto consiste el yoga. «Aquietaos» significa retirar
la conciencia del pequeño ego y del cuerpo, así como de todos los deseos y
hábitos que impulsan la mente hacia los centros espinales inferiores, donde el
sentimiento de identificación con el cuerpo es poderoso. Sólo cuando elevamos
la conciencia hasta los centros superiores de percepción nos es posible
comprobar que estamos hechos a imagen de Dios.

La paz y la armonía
que todo el mundo busca con tanto apremio no puede obtenerse de las cosas
materiales ni de ninguna experiencia externa […]. El secreto para que todas las
circunstancias exteriores de tu vida se llenen de armonía consiste en
establecer primeramente la armonía con tu alma y con Dios. Dedica diariamente
un poco de tiempo a retirarte del mundo y a recoger tu mente para tratar de
sentir la presencia de Dios. Éste es el propósito de la meditación. Te darás
cuenta de que, luego de haber meditado profundamente y haber sintonizado tu
conciencia con la paz de Dios que mora en tu interior, las dificultades
externas no te provocarán tanta tensión; serás capaz de abordarlas sin perder
tu compostura ni reaccionar exageradamente —sin «correr alocadamente como un
pollo decapitado», como Guruji solía decir—. Contarás con una fortaleza
interior que te permitirá decir: «Muy bien, afrontaré este obstáculo y lo
superaré».
Vivir en forma
equilibrada
En el interior de cada
uno de nosotros existe un templo de quietud que no permite la intromisión del
alboroto mundano. Pase lo que pase a nuestro alrededor, cuando penetramos en
ese santuario de silencio que se encuentra en el alma, sentimos la
bienaventurada presencia de Dios y recibimos su paz y fortaleza.

Se me parte el corazón
cuando veo a personas cuyas mentes están atribuladas por multitud de problemas
—frustraciones, desdichas, decepciones—. ¿Por qué los seres humanos se hallan
atormentados por esta clase de experiencias? Por una razón: han olvidado a
Dios, han olvidado a Aquel que nos ha creado a todos. Cuando llegues a
convencerte de que lo único que te falta en la vida es Dios y decidas eliminar
esa carencia mediante el esfuerzo por colmarte de la conciencia de Dios en la
meditación diaria, llegará el momento en que te sentirás tan completo, tan
plenamente satisfecho, que nada podrá perturbarte ni hacerte flaquear.

El propósito de la
adversidad no es destruirnos ni castigarnos, sino ayudarnos a despertar la
invencibilidad en nuestras almas. […] Las dolorosas pruebas por las que
atravesamos no son más que la sombra de la mano de Dios que se extiende para
bendecirnos. El Señor está ansioso por ayudarnos a escapar de maya, de este conflictivo mundo de la
dualidad. Todas las dificultades por las que Dios permite que pasemos son
necesarias para acelerar nuestro retorno a Él.

Quien logra ser espiritualmente
equilibrado es verdaderamente exitoso. No me estoy refiriendo al éxito
monetario, que tiene poca importancia. Ésa ha sido mi experiencia, y también la de Paramahansaji: he conocido a
muchísimos seres humanos
materialmente exitosos que han fracasado en los planos emocional y espiritual
—llenos de tensión; carentes de
paz interior y de la habilidad para dar y recibir amor; incapaces de
relacionarse armoniosamente con sus familias, o con otros seres humanos, o con
Dios—. El
éxito de una persona no puede medirse por lo que posee, sino únicamente por lo
que ella es y por lo que es capaz de dar de sí misma a los demás.
La meditación nos
ayuda a vincular nuestra vida externa con los valores interiores del alma como
ninguna otra cosa en el mundo puede hacerlo. No nos aparta de la vida familiar
o de nuestra relación con los demás; por el contrario, nos vuelve más
cariñosos, más comprensivos, y nos infunde el deseo de servir a nuestro
cónyuge, a nuestros hijos y a nuestros vecinos. La verdadera espiritualidad
comienza cuando incluimos a los demás en nuestro propio deseo de bienestar,
cuando expandimos nuestros pensamientos más allá del «yo, mí y mío».

¡Cuán maravillosamente
diferente y plena es la vida equilibrada que Dios nos ha mostrado a través de
Paramahansa Yogananda! […]. La gente supone que cuando busca a Dios debe ser
¡extremadamente solemne!; pero la falsa piedad no pertenece al alma. Todos los
santos que he conocido y frecuentado —incluyendo a Paramahansaji>¾ eran alegres y
espontáneos, como niños. No quiero decir con esto que fueran infantiles ¾inmaduros e
irresponsables ¾, sino que eran como niños: disfrutaban de los placeres más simples y vivían con deleite. Hoy
en día, las personas no saben cómo disfrutar de las cosas sencillas. Se sienten
tan hastiadas de todo que nada las satisface: demasiado estimuladas
externamente, pero famélicas y vacías en su interior, necesitan beber o tomar
drogas para evadirse. Los valores de la cultura contemporánea no son saludables
ni naturales; ésa es la razón por la cual no ha logrado generar suficientes
individuos verdaderamente equilibrados ni familias que no se desintegren. […]
Volvamos a disfrutar de los simples placeres de la vida.
El camino hacia la paz
y la armonía mundial
La paz y armonía que
todo el mundo busca con tanto apremio no puede obtenerse de las cosas
materiales ni de ninguna experiencia externa: ¡es sencillamente imposible!
Quizá podamos sentir una tranquilidad pasajera al contemplar una hermosa puesta
de sol, o cuando vamos a la montaña o a la playa. Pero incluso las escenas más
inspiradoras no te proporcionarán paz si tu ser se encuentra en desarmonía.
El secreto para que
todas las circunstancias exteriores de tu vida se llenen de armonía consiste en
establecer primeramente la armonía con tu alma y con Dios.

No es realista hablar de paz entre las naciones si
los habitantes de esas naciones no están en paz. Y no se puede estar en paz con
el prójimo —ni aun con los miembros del propio hogar— si no se está en paz con
uno mismo. Es algo que debe comenzar con el individuo. En mis viajes
alrededor del mundo, una de las primeras preguntas que las personas me hacen en
todos los países es «¿Cómo puedo sentir paz?», y yo les respondo: «El único
modo de hallarla es mediante el recogimiento interior, que nos conduce a la
presencia de Dios». La meditación diaria es el camino para restablecer el
equilibrio espiritual, tanto en la vida de los individuos agobiados por sus
cargas como en las familias destrozadas, y para hacer resurgir aquellos valores
que habrán de sustentar la paz y la armonía en el vasto hogar de nuestra
familia mundial.

Si vemos a nuestro
alrededor con los ojos de la sabiduría, descubriremos que es obvio que las
condiciones mundiales obligarán a la humanidad a desarrollar una relación más
íntima con Dios. Nuestra esfera terrena, que hace algunos siglos parecía tan
enorme, hablando comparativamente se ha reducido al tamaño de una naranja. Ya
no podemos pensar que estamos separados de otros pueblos y culturas del mundo;
las comunicaciones y los medios de transporte modernos nos han acercado, cara a
cara, lo cual ha hecho absolutamente necesario que desarrollemos la madurez
espiritual necesaria para comprender a los demás y convivir con ellos, de igual
manera que deben hacer los miembros de un hogar. Los prejuicios y la estrechez
mental —dos grandes debilidades de la naturaleza humana— deben desaparecer.
Ahora, más que nunca,
debemos aceptar esta verdad: Vivimos en un mundo constituido por diferentes clases
de pueblos, con todas sus muy diversas apariencias físicas, mentalidades,
intereses y motivaciones. Pero a estas interminablemente variadas floraciones
de la individualidad humana las une un principio básico como si fuese una
guirnalda: Dios. A sus ojos, nadie es superior ni inferior; todos somos sus
hijos. A Dios no le interesa en lo más mínimo dónde nacimos, cuál es nuestra
religión, o cuál es el color de nuestra piel —¿qué importa que nuestra alma use
un vestido rojo, negro, amarillo o blanco?—. A Él no le importa en lo más
mínimo. Pero sí le interesa cómo nos comportamos. Ese es el único criterio con
el que juzga a sus hijos. Si abrigamos muchos prejuicios, en esa misma forma
cosecharemos prejuicios. Si el odio nos invade, de igual modo, recibiremos
odio. Si sentimos un gran resentimiento hacia un cierto grupo de personas, es
un hecho que estamos sembrando las semillas de la enemistad que algún día
habremos de cosechar. [...]
En el fondo de las
diversas creencias y prácticas se hallan conceptos espirituales que son comunes
a todas las religiones. [...] Paramahansaji trató siempre de dirigir la
atención de los devotos hacia esas verdades fundamentales y universales, mas no
como meras creencias o disertaciones, sino como una necesidad práctica que deberían
aplicar en su vida diaria. La más importante de estas prácticas —que los
salvadores de la humanidad han enseñado a través de las edades— consiste en que
cada ser humano ha de experimentar una comunión directa y personal con Dios.
[...]
Cuanto más nos
esforcemos mediante la diaria meditación por morar en esa conciencia y recordar
nuestra naturaleza real, en mayor grado nos será posible expresar esa divinidad
que se hallaba en Cristo y que está en cada uno de nosotros. Éste es el mensaje
de Self-Realization Fellowship. Es un
mensaje que la India puede aceptar, que los cristianos pueden aceptar, y que
todo el que practica una religión puede aceptar. No se opone a las enseñanzas de ninguna religión.

El pensamiento posee
un poder inmenso. Cada acción proviene del pensamiento. Todo en el mundo finito
es el resultado del pensamiento. Es la fuerza más poderosa del universo, y
puede ejercer influencia en las vidas, comunidades y las naciones. Por lo
tanto, es sumamente importante que nuestros pensamientos sean positivos en
lugar de ser negativos. En la actualidad existen millones de personas que
piensan y actúan de manera negativa. Por ello, por el bien nuestro y del
planeta entero debemos tomar parte activa en la oración por nuestros
semejantes. Cuando hayan participado suficientes almas, la combinación de sus
vibraciones y pensamientos de bondad, amor, compasión y comportamiento positivo
generarán una poderosa fuerza que tendrá el poder de transformar las vidas de
los seres humanos en el mundo entero.
El Gurú: recuerdos
de Paramahansa Yogananda
Era yo una jovencita
de diecisiete años para quien la vida parecía un largo y vacío corredor que no
conducía a lugar alguno. Una oración rondaba incesantemente en mi conciencia,
pidiendo a Dios que guiara mis pasos hacia una existencia plena de sentido y
mediante la cual pudiera buscarle y servirle.
La respuesta a tal
anhelo llegó en una súbita percepción que tuvo lugar cuando, en 1931, entré a
un enorme y concurrido auditorio en Salt Lake City y vi que Paramahansaji
estaba de pie sobre el estrado, hablando de Dios con una autoridad como yo
jamás había visto. Quedé sumergida en un estado de total absorción; mi
respiración, mis pensamientos y el tiempo mismo parecían haberse suspendido. El
amor y el agradecimiento que sentí por la bendición que se derramaba sobre mí
trajo consigo la certeza de una profunda convicción surgida de mi interior:
«Este hombre ama a Dios; le ama de la forma en que siempre he anhelado yo
amarlo. He aquí alguien que conoce a
Dios. ¡Le seguiré!».

A lo largo de los numerosos años que tuve la
bendición de permanecer en su compañía, jamás le vi [a Paramahansa Yogananda] simplemente
como hombre. Él manifestaba tal divinidad… ésa es la única manera en que
puedo describirle. […] Parecía como si él hubiese salido de las páginas de las Escrituras. ¡Estaba
tan embriagado con Dios! ¡Su naturaleza era tan amorosa y universal! Sólo
un ser divino como él pudo llevar adelante la misión que se le había
encomendado: diseminar en Occidente y en todo el mundo la ciencia para
comulgar con Dios, que nosotros denominamos Kriya
Yoga.
Los pasajes que aparecen en esta página se citaron
de la revista Self-Realization y de los
siguientes libros que están disponibles en nuestra librería de Internet.