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Los primeros encuentros

 
Descubriendo Autobiografía de un yogui:
Remembranzas de algunos discípulos
de
Paramahansa Yogananda

 

Los primeros ejemplares de Autobiografía de un yogui llegaron a la Sede Internacional de Self-Realization Fellowship, procedentes de la editorial de Nueva York, en diciembre de 1946. En 1996, con motivo de la celebración del cincuentenario de dicha edición, algunos de los más antiguos y cercanos discípulos de Paramahansa Yogananda evocaron las circunstancias que les llevaron a conocer el libro, así como el impacto que éste causó en sus vidas. Fueron los primeros en experimentar la sabiduría, el amor divino y la visión transformadora de la vida que irradian sus páginas, páginas que, desde entonces, han cambiado la existencia de millones de personas.

Sri Daya MataSri Daya Mata

La redacción de Autobiografía de un yogui fue un proyecto en el que Paramahansaji trabajó durante muchos años. Cuando yo llegué a Mount Washington, en 1931, ya lo había comenzado. En cierta ocasión, cuando me encontraba en su estudio desempeñando ciertas tareas en calidad de secretaria, tuve el privilegio de ver uno de los primeros capítulos que escribió: el que se refería al «swami de los tigres». Gurudeva me pidió que lo guardara, indicándome que era material para un libro.

Sin embargo, la mayor parte de la obra fue redactada entre 1937 y 1945. Paramahansaji tenía tantas responsabilidades y obligaciones que no podía trabajar todos los días en la Autobiografía; no obstante, por lo general le dedicaba las primeras horas de la noche y cualquier otro tiempo libre de que dispusiera para concentrarse en ella. En esa época, un pequeño grupo de discípulas ―Ananda Mata (véase foto abajo), Shraddha Mata y yo― estábamos siempre a su disposición para ayudarle. Una vez mecanografiado cada capítulo, Gurudeva se lo entregaba a Tara Mata, que desempeñaba las funciones de editora.Ananda Mata

Un día, mientras trabajaba en su autobiografía, el Gurú nos dijo: «Cuando haya abandonado este mundo, este libro cambiará las vidas de millones de personas: será mi mensajero cuando yo me haya ido».

Al terminar el manuscrito, la responsabilidad de encontrar una casa editora le correspondió a Tara Mata, que lo llevó a Nueva York. Paramahansaji tenía en gran estima sus conocimientos y sus aptitudes para la corrección de textos, y con frecuencia la elogiaba abiertamente. «Lo que ha hecho por este libro es casi imposible de describir ―dijo en cierta ocasión―. Antes de partir hacia Nueva York estuvo gravemente enferma; aun así, emprendió el viaje. De no haber sido por ella, el libro no se habría publicado».

No existen palabras para describir la alegría y felicidad de Gurudeva cuando vio culminada su obra. Nos dedicó un ejemplar a todos y cada uno de los muchos devotos que residíamos en los ashrams. Dado que yo había ayudado a mecanografiar el manuscrito, cuando recibí mi ejemplar ya sabía que se trataba de una obra inmortal, un libro que revelaba por primera vez algunas verdades ocultas para la mayoría de las personas, unas verdades que nunca hasta entonces habían sido expuestas de modo tan diáfano e inspirador. Ningún otro autor ha explicado con tanta claridad como Guruji conceptos tales como la ley de los milagros, la reencarnación, el karma, la vida después de la vida y otras maravillosas verdades espirituales contenidas en sus páginas.

¿Cómo reaccionaría ante la fama que ha alcanzado el libro hoy en día? Sin duda se sentiría humildemente conmovido al ver que Autobiografía de un yogui ha penetrado en todos los rincones de la tierra, que ha llegado a personas de todas las edades y de las más diversas culturas, razas y religiones, y que ha sido acogido con grandes elogios y enorme entusiasmo a lo largo de los últimos cincuenta años. Guruji nunca fue engreído. En absoluto. Mas no por ello dejaba de reconocer el valor de lo que había escrito, porque sabía que era expresión de la Verdad.

                                                                                

 Carta de Paramahansa Yogananda a Tara Mata

Tara Mata

Dedicatoria que figura en el ejemplar de Autobiografía de un yogui que Paramahansaji regaló a Tara Mata (Laurie Pratt). En «Agradecimientos del autor», rinde homenaje a su labor editorial, y en la dedicatoria pone de manifiesto lo mucho que valoraba el magnífico servicio que había prestado esta apreciada discípula.

Para Laurie Pratt

«Que Dios y los Gurús te bendigan siempre por el valiente y amoroso papel que has desempeñado en la realización de este libro. P.Y.».

«Por fin, la sagrada fragancia de Dios, de mis gurús y de los maestros ha brotado a través de las secretas puertas de mi alma, tras superar innumerables obstáculos y gracias a los constantes esfuerzos de Laurie Pratt y de otros discípulos. Todos los leños de las dificultades han ardido en la eterna llama del gozo».


Mrinalini MataMrinalini Mata

Fue una tarde a finales de 1946. Los devotos más jóvenes nos encontrábamos en la cocina de la ermita de Encinitas llevando a cabo diligentemente nuestras tareas cuando, de pronto, Gurudeva apareció en la puerta. Detuvimos de inmediato nuestra actividad. Su amplia sonrisa nos llamó la atención, y nos dimos cuenta de que el brillo de sus ojos era más hermoso que el habitual. Traía «algo» escondido detrás de la espalda. Llamó a los que estaban más alejados y, cuando estuvimos todos ante él, nos enseñó el tesoro escondido: un ejemplar de su libro, Autobiografía de un yogui, que le había llegado como primicia. Nuestras exclamaciones apenas podían expresar la inmensa alegría que sentíamos al contemplar por fin la esperada obra en la que narraba su vida en la India, entre grandes santos y sabios, narraciones que tan a menudo nos habían cautivado durante las preciadas horas que habíamos pasado en su compañía. Nos mostró algunas páginas, dejando para el final la ilustración de Mahavatar Babaji. Casi sin aliento, le expresamos nuestra veneración. Éramos conscientes de la bendición que suponía ser los primeros en contemplar el retrato de nuestro param-param-paramgurú.

A principios de diciembre, fuimos todos convocados a Mount Washington para desembalar los voluminosos paquetes remitidos desde la editorial y preparar los envíos a los cientos de devotos que esperaban el libro ansiosamente. Con varias semanas de antelación, en los ratos libres, habíamos ido mecanografiando las direcciones en etiquetas adhesivas, utilizando nuestra vieja máquina de escribir. Colocamos en la oficina unas mesas enormes (unas simples tablas apoyadas sobre caballetes) y formamos una especie de cadena de montaje: había que cortar a mano, justo a la medida, el papel de embalar, que venía en un rollo grandísimo; después, empaquetar cada libro; luego, ponerle la etiqueta y los sellos correspondientes, previamente humedecidos en una esponja mojada. ¡En aquellos días no disponíamos de máquinas para el empaquetado ni para el franqueo automático! Pero ¡qué alegría formar parte de un acontecimiento que iba a ser inolvidable en la historia de Self-Realization Fellowship! El mundo entero llegaría a conocer a nuestro bendito Maestro a través de ese sublime embajador.

En la sala de estar del segundo piso, Gurudeva se sentó ante un escritorio y firmó un autógrafo en cada libro. Estuvo así durante varias horas, sin parar, sin descansar. Los libros se iban sacando de las cajas enviadas por la editorial, se abrían y se colocaban ante él, en un flujo incesante de firmas…, vaciando una pluma tras otra.

Ya era tarde cuando me mandó subir. Seguía firmando autógrafos. Los discípulos de más edad le instaban a que descansara un poco, pero rehusó hacerlo hasta que estampó su firma, junto con su bendición, en el último libro de aquella remesa. Su rostro resplandecía con la más beatífica expresión que uno pueda imaginar, como si, a través de esas páginas, estuviera enviando al mundo entero una parte de sí mismo y de su amor a Dios, y eso no debiera demorarse ni un segundo más.

Con gozo inexpresable, nos sentamos a sus pies y estuvimos meditando hasta altas horas de la madrugada. Cada uno de nosotros había recibido de manos del Maestro un ejemplar del preciado tesoro. Otros muchísimos libros estaban ya preparados para ser enviados por correo al día siguiente o empaquetados para llevarlos a los templos de Hollywood y de San Diego. Autobiografía de un yogui se encaminaba así hacia su divino destino, llevando por fin las bendiciones del Gurú y su amor a Dios a millones de buscadores de la Verdad.


Sailasuta MataSailasuta Mata

Paramahansaji redactó la mayor parte de Autobiografía de un yogui ―un proyecto que tardó varios años en completar― en la ermita de Encinitas. En aquella época residían allí unos pocos discípulos, entre los que me contaba yo.

Guruji trabajaba en su estudio, con la ayuda de Daya Mata y Ananda Mata, que actuaban como secretarias: escribían a máquina o tomaban taquigráficamente lo que el Maestro decía. Recuerdo que, en algunas ocasiones, estuvo dictándoles durante toda la noche; y, a veces, también a lo largo del día siguiente, y aún más. Yo tenía asignada una tarea muy diferente: consistía en prepararles la comida ¡para que ellos pudieran trabajar sin interrupción!

Cuando llegaron los primeros ejemplares de Autobiografía de un yogui, procedentes de la editorial, hubo entre nosotros un gran regocijo. ¡Guruji quiso que enviáramos enseguida el libro a todos los que lo habían encargado con antelación! Así que, tras los primeros momentos de alegría, estuvimos muy atareados preparando los muchos pedidos pendientes. La Hermana Shila y yo empaquetamos muchos libros, pusimos los sellos correspondientes y lo dejamos todo preparado. Después acercamos el coche y, con el maletero y todas las puertas abiertas, lo llenamos hasta arriba. A continuación llevamos los paquetes a la oficina central de correos de Los Ángeles. Estábamos muy contentas. ¡Por fin Autobiografía de un yogui iba a estar disponible para la gente en todas partes!

 

Hermano BhaktanandaHermano Bhaktananda

Al poco tiempo de haber ingresado yo en el ashram, en 1939, Paramahansaji estuvo un día hablando con algunos de nosotros en la galería del edificio de la sede central, en Mount Washington. Nos comentó que Dios le había revelado que, durante su vida en la Tierra, tendría que escribir determinados libros; y que, una vez los hubiera escrito, su misión aquí habría terminado. Autobiografía de un yogui era uno de ellos. Cuando se publicó, lo leí de punta a cabo en un par de días. ¡Lo encontré tan maravilloso e inspirador! Recuerdo que, ya entonces, pensé que este libro jugaría un papel importante en la labor de despertar interés por las enseñanzas de Paramahansaji. Hasta ahora no hemos visto más que la punta del iceberg.




 

Uma MataUma Mata

Cuando conocí a Paramahansa Yogananda, en 1943, yo tenía apenas nueve años. Mi padre era miembro de Self-Realization Fellowship y asistía regularmente a los oficios que se celebraban en el templo de San Diego. Era una persona muy modesta y nunca trató de convencer a nadie de sus creencias, ni siquiera a mí: jamás me enseñó el ejemplar de Autobiografía de un yogui que Paramahansaji le había regalado. Cuando lo descubrí por casualidad, en 1947, tardé algún tiempo en leerlo, pues yo era muy joven y el libro ¡tenía palabras tan complicadas! No obstante, desde el primer momento se convirtió en un refugio para mí, en un bálsamo para el alma. Autobiografía de un yogui nos muestra, por encima de todo, que es posible conocer a Dios.



 

Mukti MataMukti Mata

Recuerdo muy bien la primera Navidad que pasé en el ashram, que fue la de 1946. Paramahansaji había terminado de escribir Autobiografía de un yogui y nos regaló un ejemplar a cada uno de los que residíamos allí. Sus páginas reflejaban poderosamente la viva y encantadora personalidad de nuestro Gurú —el amor y el gozo que sentíamos en su presencia—. ¡Cuán inspirados nos habíamos sentido al escucharle relatar personalmente muchos de los episodios narrados en el libro! Y ahora, a través de esas páginas, otras muchas personas podrán sentirse igualmente inspiradas.








Hermana ParvatiHermana Parvati

Recuerdo claramente el momento en que se publicó por primera vez Autobiografía de un yogui. Algún tiempo después, le pedí a Paramahansaji que escribiera en mi ejemplar un breve pensamiento. Y escribió lo siguiente: «Encuentra al Infinito oculto en el altar de estas páginas». En algunas ocasiones, cuando necesito algo en particular, abro Autobiografía de un yogui al azar ¡y me aparece un pasaje que «no recuerdo haber visto antes»! Y siempre ocurre que, en una forma u otra, trata exactamente del tema que preciso en ese momento. Aun cuando yo no hubiera sabido buscarlo, lo cierto es que surge ante mis ojos en el momento en que me hace falta. He comprobado que el consejo del Maestro es absolutamente cierto: es posible encontrar al Infinito oculto en el altar de esas páginas.







«Este libro será mi mensajero […]». Con estas palabras, Paramahansa Yogananda profetizaba el papel que desempeñaría Autobiografía de un yogui: atraería almas de todo el mundo hacia el sagrado sendero del Kriya Yoga, una enseñanza que se le había encomendado difundir por todo el orbe. De entre las innumerables almas para quienes el libro ha sido mensajero del Gurú, en vida de éste o tras su fallecimiento, presentamos a continuación el testimonio de tres de ellas.

 

Hermano AnandamoyHermano Anandamoy

Cuando tenía trece o catorce años pasé las vacaciones de verano en casa de unos tíos míos que vivían en las afueras de Winterthur, una de las principales ciudades de Suiza. Mi tío, que era músico ―pertenecía a una orquesta sinfónica―, también estaba de vacaciones y aprovechaba aquellos días para ocuparse de su amplio jardín. Yo le ayudaba. Como no tenía hijos, se interesaba por mí, por mi formación. Así que, mientras trabajábamos en el jardín, teníamos largas charlas.

Resulta que a mi tío le atraía enormemente la filosofía oriental. Yo escuchaba ensimismado las explicaciones que me daba sobre el karma, la reencarnación, el plano astral y el plano causal; y, muy especialmente, cuando elogiaba a los grandes maestros ―grandes santos― que habían alcanzado la iluminación. Me hablaba de Buda, que había logrado ese bendito nivel, y de otros santos; y lo hacía en tales términos que despertó en mí un profundo deseo de seguir su ejemplo. Recuerdo que, por aquel entonces, andaba siempre repitiendo mentalmente, una y otra vez: iluminación, iluminación. Obviamente, no entendía bien el significado de esa palabra, pero intuía que era algo muy superior a lo que cualquier hombre común pudiera obtener, fueran cuales fuesen sus logros materiales o artísticos.

Le pregunté a mi tío cómo podía alcanzarse ese estado, pero él lo ignoraba: sólo sabía que había que meditar y que era necesario tener un gurú que poseyera el conocimiento de todas las cosas. Al manifestarle yo mi ardiente deseo de conocer a un gurú, movió compasivamente la cabeza y me dijo sonriendo: «¡Pobre muchachito! ¡En Suiza no hay gurús!».

Así que empecé a rezar pidiéndole a Dios un gurú. Anhelaba tanto tener un maestro espiritual que, al regresar a mi pueblo, me pasaba muchas horas en la estación de ferrocarril con la esperanza de que «él» llegara algún día. Pero nada sucedió.

Tras graduarme en la escuela secundaria, trabajé durante un par de años en el negocio de mi padre, dos años frustrantes. Después empecé una carrera de Arte. Ya para entonces había perdido todo interés por la filosofía hindú, puesto que, al parecer, era imposible encontrar un gurú. Tres años después se me brindó la oportunidad de ampliar mis estudios con Frank Lloyd Wright, un famoso arquitecto de Estados Unidos.

A los pocos días de llegar a este país fui a visitar a uno de mis tíos, que había venido como emigrante en los años veinte. En cierto momento de la conversación hizo referencia a la filosofía hindú. Cuando le comenté que, años atrás, me había interesado el tema, se le iluminaron los ojos y me llevó a su estudio; una vez allí, tomó un ejemplar de Autobiografía de un yogui y, señalando la fotografía de Paramahansa Yogananda que aparece en la portada, me preguntó si había oído hablar de él. Al responderle que no, me dijo: «Es el hombre más extraordinario que jamás he conocido. ¡Un verdadero maestro!».

«¿Le has visto? ―exclamé sorprendido―. ¿Dónde está? ¿En Estados Unidos?».

«Sí. Reside en Los Ángeles». Después me contó que, poco después de llegar a este país, había asistido a una serie de conferencias y clases que impartía Paramahansaji. ¡Y pensar que durante los años que yo había anhelado un gurú mi tío había conocido a un auténtico maestro y había escuchado sus enseñanzas!

Leí el libro vorazmente. Fue un milagro. Estaba tan fascinado que ni siquiera me daba cuenta de que aquel simple hecho era en sí mismo un milagro, pues mis conocimientos de inglés no eran suficientes como para leer un libro. Poco antes había intentado leer un par de páginas de la autobiografía de Frank Lloyd Wright, y había sido en vano; sólo tras un año de estudiar inglés pude hacerlo. En cambio, no tuve dificultad en leer Autobiografía de un yogui de principio a fin.

Supe entonces, en el fondo de mi corazón, que había encontrado lo que quería. Y decidí estudiar las enseñanzas de Paramahansa Yogananda para encontrar a Dios.

Unos meses después, tras haber aprendido algo más de inglés, pude viajar a Los Ángeles. Tenía la esperanza de ver al Maestro. Al entrar en los jardines de la sede central me sentí envuelto por una paz inenarrable…, algo que nunca antes, en ningún otro lugar, había experimentado. Supe que pisaba un terreno sagrado.

El domingo por la mañana asistí al oficio que celebraba Paramahansaji en el Templo de Hollywood. Era la primera vez que le veía en persona. ¡Fue una experiencia inolvidable! Al terminar, el Maestro se sentó en una silla y la mayoría de los presentes se acercó a saludarle. No tengo palabras para expresar lo que sentí mientras esperaba en la fila. Por fin, al llegar ante él, tomó mi mano entre las suyas; le miré a los ojos, unos ojos profundos y radiantes que me miraban llenos de ternura. No pronunciamos una sola palabra. Pero enseguida me sentí henchido de un gozo indescriptible que vino a mí a través de sus manos y de su mirada.

Salí del templo y caminé aturdido por la calle Sunset. Me sentía tan eufórico que no podía andar derecho. Me tambaleaba como si estuviera ebrio. No sólo eso sino que, como no podía contener mi alegría, me reía a carcajadas. Las personas que iban caminando por la acera delante de mí se giraban y se quedaban mirándome; y los que venían de frente se apartaban moviendo la cabeza con gesto de reprobación por el espectáculo de la borrachera que creían contemplar un domingo por la mañana. Pero me daba igual. Nunca en mi vida me había sentido tan feliz.

Poco después de esta experiencia ingresé como monje en el ashram de Self-Realization Fellowship.

 

Hermano PremamoyHermano Premamoy

El Hermano Premamoy fue monje de la Orden monástica de Self-Realization Fellowship durante más de 35 años. Llegó a ser ministro de dicha Orden. Durante muchos años, hasta su fallecimiento ―acaecido en 1990―, se ocupó del entrenamiento espiritual de los monjes jóvenes. A un grupo de ellos les relató lo siguiente:

Había nacido en Eslovenia. Pertenecía a una familia aristocrática ―emparentada con la realeza y con otras familias influyentes de aquel país― que tuvo que partir al exilio a raíz de la ascensión al poder del Partido Comunista al final de la Segunda Guerra Mundial. En 1950, el Departamento de Asuntos Exteriores de Estados Unidos le ofreció la posibilidad de venir a este país como emigrante.

En otoño de ese mismo año, justo antes de embarcar para Nueva York, una antigua amiga de la familia ―Evelina Glanzmann― le entregó un obsequio de despedida. Por la forma del paquete pensó que se trataba de una caja de bombones y, ya en el barco, lo abrió para compartir el regalo con sus compañeros de viaje. Pero, ante su sorpresa, lo que encontró fue un libro: Autobiografía de un yogui.

Aunque el regalo le emocionó mucho, no por eso sintió deseos de hojearlo. De jovencito había sido un insaciable lector, pero aquellos tiempos habían quedado atrás. (Más tarde diría que la mayoría de los libros que había leído en su vida los leyó antes de cumplir 15 años). Por otro lado, la filosofía oriental no le era desconocida: siendo adolescente, se había prendado del Bhagavad Guita y se lo había aprendido casi todo de memoria. De modo que, al ver el tema de Autobiografía de un yogui, su primera reacción fue decirse a sí mismo: «No lo leeré… ¡No quiero “engancharme”!».

Una vez instalado en Estados Unidos, entró en el mundo de los negocios; y, poco después, le ofrecieron el puesto de secretario personal del Secretario General de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld (puesto al que renunció antes de ir a California). Iban pasando los meses y Autobiografía de un yogui seguía depositado en un estante, en su casa de Nueva York, sin abrir. Entretanto, la Sra. Glanzmann ―que había traducido la obra al italiano― le había preguntado varias veces su opinión sobre el libro. Pero ni aun así se animaba a leerlo. Hasta que un día le escribió en estos términos: «Di que te gusta o que no te gusta, pero ¡di algo!». Casualmente era el 6 de marzo, día de su cumpleaños, y había estado reflexionando sobre qué iba a hacer de su vida; así que, con aire pensativo, tomó el libro y empezó a mirarlo.

Entusiasmado, lo leyó todo de una vez. Comprendió que el autor, Paramahansa Yogananda, tenía una percepción espiritual muy superior a la de cualquier otra persona que pudiera haber conocido, y decidió escribirle.

Lo menos que podía imaginar cuando echó la carta al correo era que el Gurú estaba viviendo el último día de su vida terrenal. Sólo algún tiempo después, cuando Sri Daya Mata respondió a su carta, se enteró de su desaparición.

Seguían pasando los meses y ni el libro ni su autor se apartaban de su pensamiento. Así que, llegado el verano, decidió viajar a Los Ángeles para conocer más de cerca las enseñanzas de Paramahansaji. Al entrar en los jardines de la Sede Central de Self-Realization Fellowship, se le acercó un desconocido que, con aspecto jovial y una radiante sonrisa, le abrazó afectuosamente, como si él fuera un viejo amigo largo tiempo esperado al que daba calurosamente la bienvenida. No intercambiaron una sola palabra. Más tarde, cuando le presentaron a su nuevo «viejo amigo», supo que se trataba de ¡Rajarsi Janakananda, presidente por aquel entonces de Self-Realization Fellowship!

Así fue cómo el libro al que Paramahansaji se había referido como «su mensajero» ejerció su mágico influjo una vez más, pues a partir de aquel momento quedó claramente establecido el curso que seguiría la vida del Hermano Premamoy.

 

Hermana ShantiHermana Shanti

En 1952 yo trabajaba como secretaria del subdirector de un hotel de Los Ángeles situado en la calle Wilshire, el Hotel Ambassador. Un trabajo fascinante, en un ambiente selecto, que me permitió conocer a algunas personalidades mundialmente famosas. Pero nunca imaginé que pudiera tener tanto impacto en mi vida un simple nombre que llegó por entonces a mis oídos.

El 6 de marzo, el secretario de un productor de cine llamó al hotel y dejó un mensaje para Paramahansa Yogananda. El nombre retumbó en mi pecho como una campanada y la cabeza empezó a darme vueltas; pero, al mismo tiempo, me invadió un inmenso gozo. Me dirigí a la recepción para hacer efectiva la entrega del mensaje tambaleándome un poco. Allí me informaron de que, aunque el embajador de la India y su comitiva estaban alojados en el hotel, nadie se había registrado bajo ese nombre. Mientras regresaba a mi despacho, las palabras «Paramahansa Yogananda» seguían dándome vueltas en la cabeza produciéndome, al mismo tiempo, un sentimiento creciente de gozo y amor. Al cabo de un momento llamó el productor de cine. «¿A quién iba destinado el mensaje que le ha dado mi secretario hace un rato?», preguntó. «A Paramahansa Yogananda», respondí. «¡Eso es lo que creí haber oído! ―exclamó―. Pero ésa no es la persona a quien iba dirigido, y mi secretario lo sabía. ¡Y el caso es que él no tiene ni idea de por qué ha pronunciado ese nombre!».

Permanecí el resto del día con una extraña sensación de percepción interna y, también, con la impresión de estar profundamente unida a ese nombre. Y llegó el 7 de marzo, el fatídico día del mahasamadhi de Paramahansa Yogananda. Lo leí en el periódico a la mañana siguiente, y me sentí como si hubiera perdido a mi mejor amigo. Para mí fue una noticia demoledora, ¡como si mi vida se hubiera acabado de repente! No hacía sino pensar: «¡Se ha ido! ¡Lo he estado esperando durante toda la vida y ahora se ha ido!». Pero no sabía muy bien por qué pensaba eso pues, en realidad, yo nunca había buscado a ningún maestro ni había tratado de seguir un camino espiritual. Aun así, en el fondo sabía que era cierto que había perdido a la persona más importante de mi vida.

A partir de aquel momento, la existencia ordenada y más bien agradable que había llevado hasta entonces dejó de interesarme. Cancelé de pronto planes importantes, me aparté de mis amistades y empecé mi búsqueda a través de la lectura. Ni por un momento se me ocurrió averiguar si Paramahansa Yogananda había escrito algo; lamentaba que se hubiera ido, simplemente, y haber perdido la oportunidad de conocerle. Después de leer cuatro libros relacionados con la metafísica ―no saciaron la profunda necesidad de mi alma― que había sacado de la biblioteca pública de Hollywood, volví allí para seguir buscando en el mismo sector. Mi madre, que se había contagiado un poco de mi fervor, me acompañaba. Pues bien, cuando estaba llegando al final de la sección, que creía haber examinado cuidadosamente, de repente un libro resbaló de un estante superior, me golpeó en la cabeza y cayó al suelo. Mi madre lo recogió y me lo mostró, con un suspiro: Autobiografía de un yogui, de Paramahansa Yogananda. ¡Ahí estaba, ante mis ojos, el nombre que añoraba mi corazón y el rostro cuya mirada penetraba hasta el fondo del alma!

Yo leía el libro por la noche; mi madre, durante el día, mientras yo estaba trabajando. Aunque «leer» no es quizá la palabra más adecuada para describir de qué forma nos absorbía la experiencia de entrar en el mundo de la verdad: el origen de la vida, el discipulado, la ciencia del Kriya Yoga…, todo se explicaba con claridad en Autobiografía de un yogui.

Poco después asistimos a uno de los oficios que se celebraban en el Templo de Hollywood. Y me sentí arrollada por la misma dinámica «presencia» que me envolvió el día en que oí por primera vez el nombre del Gurú al teléfono. Al terminar el oficio, Meera Mata nos saludó amablemente; estuvo conversando un poco con nosotras y me sugirió que fuera a Mount Washington a conocer a su hija, Mrinalini Mata. En la sede central nos hablaron de la Orden monástica, y… ¡por tercera vez fui «seducida»! Primero, por Paramahansa Yogananda; luego, por Autobiografía de un yogui; y ahora, por el ideal de una vida de renunciación entregada únicamente a Dios.

Después de contar lo que me había ocurrido el 6 de marzo cuando oí por primera vez el nombre de Paramahansa Yogananda, es decir, el efecto que me había causado, me enteré de que él había estado en el hotel aquella mañana asistiendo a un desayuno celebrado en honor del embajador de la India, Su Excelencia Binay R. Sen. El desayuno había tenido lugar en un salón contiguo a mi despacho. Cuando recibí la llamada de teléfono y escuché su nombre, el Maestro se encontraba sentado justo al otro lado de la pared junto a la que se hallaba mi mesa de trabajo.

El Gurú está llamando a «los suyos» a través de su magnífica autobiografía. Algunos tardamos mucho en enterarnos, ¡y necesitamos un golpe en la cabeza, como en mi caso! Pero ¡cuán dichosos son los muchísimos que escuchan su voz y responden a su toque de clarín!

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