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La universalidad del Yoga

Extractos de «La universalidad del Yoga» publicado en La Búsqueda Eterna
Autor: Paramahansa Yogananda

Charla pronunciada el 21 de mayo de 1944 en el templo de Self-Realization Fellowship en Hollywood (California). Ésta y otras charlas de Paramahansaji se presentan en los tres volúmenes de la Antología de charlas y ensayos que publica SRF.

 Paramahansa Yogananda

 

El propósito del yoga  

El yoga es un sistema de métodos científicos cuya finalidad es unir de nuevo el alma con el Espíritu. Hemos descendido a esta Tierra procedentes de Dios y a Él tenemos que ascender nuevamente. Nos hemos separado del Padre sólo en apariencia y, por ello, tenemos que volver a experimentar de modo consciente la unidad con Él. El yoga nos enseña a elevarnos por encima del engaño de la separación y a tomar plena conciencia de nuestra unión con Dios. El poeta John Milton escribió acerca del alma humana y la forma en que podría recuperar el paraíso. Ésta es precisamente la meta y el propósito del yoga: recuperar el paraíso perdido, el estado en que, consciente del alma, el hombre sabe que es —y ha sido siempre— uno con el Espíritu.

Yoga es la ciencia de la verdadera religión

Las diversas religiones del mundo se basan principalmente en las creencias del ser humano. Pero el verdadero cimiento de la religión debería ser una ciencia que todos los devotos puedan aplicar para llegar a nuestro Padre Único, que es Dios: esa ciencia es el Yoga. La práctica de una ciencia de la religión es indispensable. Diversos «ismos» dogmáticos han mantenido dividida a la humanidad, a pesar de que Jesús señalara: «Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir». La unidad entre las diversas religiones sólo podrá lograrse cuando las personas que las practican se vuelvan en verdad conscientes de que Dios mora en su interior. Únicamente así existirá una genuina hermandad de todos los seres humanos bajo la Paternidad de Dios.

Todas las grandes religiones del mundo predican la necesidad de encontrar a Dios y de que prevalezca la fraternidad entre los hombres; y todas ellas poseen un código moral como, por ejemplo, los Diez Mandamientos. ¿Qué es, pues, lo que crea las diferencias entre ellas? La respuesta es: la intolerancia que existe en la mente del hombre. No alcanzaremos a Dios concentrándonos en el dogma, sino mediante el verdadero conocimiento del alma. Cuando el ser humano logre percibir las verdades universales en las cuales se basan las diversas religiones, desaparecerán todas las dificultades causadas por el dogma. Para mí no existe diferencia alguna entre judíos, cristianos o hindúes: todos ellos son mis hermanos. Yo rindo culto a Dios en todos los templos, puesto que todos han sido erigidos para tributar homenaje a mi Padre.

Es preciso que comencemos a construir la unidad mundial basándonos en el concepto iniciado por Self-Realization Fellowship: una «Iglesia de todas las religiones». Su pretensión no es el eclecticismo, sino el respeto a todas las religiones, ya que todas constituyen diversos senderos que conducen a Dios. Deberían construirse templos por doquier, dedicados al único Dios que se venera en todas las religiones. Y predigo que así habrá de ocurrir. Oriente y Occidente deben destruir para siempre las mezquinas divisiones que existen en los templos de Dios. Al alcanzar la realización del Ser por medio del yoga, el hombre llegará a comprender que todos los seres humanos son hijos del único Padre.

Un ciego no puede guiar a otro ciego

Esa unidad de espíritu se manifiesta en los grandes hombres, en aquellos que han realizado su unión con Dios. Un ciego no puede guiar a otro ciego; solamente un maestro, es decir, alguien que conoce a Dios, puede enseñar debidamente a otros acerca de Él y de cómo encontrarle. A fin de poder recuperar nuestra divinidad, debemos tener un maestro o gurú. Aquel que sigue fielmente los pasos de un auténtico gurú llega a ser como él, ya que el gurú ayuda a elevar al discípulo hasta su propio nivel de perfección. Cuando conocí a mi gurú, Swami Sri Yukteswarji, decidí seguir su ejemplo: colocar sólo a Dios en el altar de mi corazón y hacer a otros partícipes de su presencia.

Los maestros hindúes enseñaron que para adquirir el más profundo conocimiento es preciso concentrar la mirada en el ojo espiritual omnisciente. Quien se concentra profundamente, aunque no sea un yogui, frunce el entrecejo: el centro de la concentración y del ojo espiritual —de visión esférica—, sede de la intuición del alma. Ésta es la verdadera «bola de cristal» en la que el yogui fija su mirada para descubrir los secretos del universo. Quienes desarrollen su concentración lo suficiente, llegarán a penetrar ese «tercer» ojo y verán a Dios. Aquellos que buscan la verdad deben, pues, desarrollar la habilidad de proyectar su percepción a través del ojo espiritual. La práctica del yoga ayuda al aspirante a abrir el ojo único de la conciencia intuitiva.

La intuición o conocimiento directo no depende de ninguna información suministrada por los sentidos. Por eso, con frecuencia, a la facultad intuitiva se la denomina «sexto sentido». Todo ser humano posee este sexto sentido, si bien la mayoría de las personas no lo ha desarrollado. No obstante, casi todos hemos tenido alguna experiencia intuitiva: quizás un «presentimiento» de que algo va a ocurrir, aunque no se tenga evidencia sensorial que así lo indique.

Es importante perfeccionar la intuición o conocimiento directo del alma, puesto que quien es consciente de Dios está seguro de sí mismo. Tal persona sabe y, además, sabe que sabe. Debemos estar tan seguros de la presencia de Dios como lo estamos de conocer el sabor de la naranja. Sólo cuando mi gurú me mostró la forma de comulgar con Dios —y después de haber sentido día a día la presencia divina— asumí la responsabilidad espiritual de hablar a los demás acerca de Él.

Occidente ha dado importancia a la construcción de grandes templos para rendir culto a Dios, pero hay pocos en los que se enseñe a los fieles cómo encontrar a Dios. En Oriente, en cambio, el énfasis se ha puesto en la formación de hombres que alcancen la unión con Dios, aun cuando en muchos casos ellos permanezcan inaccesibles a los devotos, pues se encuentran recluidos en parajes remotos y solitarios. Se necesitan no sólo templos donde la gente pueda comulgar con Dios, sino también maestros que enseñen el modo de hacerlo. ¿Cómo puede recibirse el conocimiento de Dios de un instructor que no conoce a Dios? Mi gurú me inculcó la necesidad de conocer al Padre Celestial antes de tratar de hablar a otras personas acerca de Él. ¡Cuán agradecido estoy ahora de haber recibido esa educación de mi gurú! Él mismo comulgaba en verdad con Dios.

Primeramente debemos percibir al Señor en nuestro propio templo corporal. Todo devoto debe disciplinar cada día sus pensamientos y colocar sobre el altar de su alma las flores silvestres de su devoción. Quien ha encontrado a Dios dentro de sí mismo podrá sentir su presencia en toda iglesia o templo al que concurra.

El yoga convierte la teología en experiencia práctica

El yoga capacita al ser humano para apreciar la verdad en todas las religiones. Toda religión predica —con diversas formulaciones— los Diez Mandamientos. Sin embargo, los dos mandamientos más importantes son aquellos que Jesús enfatizaba: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:37,39).

Amar a Dios «con toda tu mente» significa retirar la atención de los sentidos y ofrecérsela a Dios: brindarle nuestra entera concentración en la meditación. Todo el que busca a Dios debe aprender a concentrarse. La oración que se pronuncia mientras se piensa en otras cosas en el fondo de la mente no es una oración auténtica y queda desatendida por Dios. El yoga enseña que para encontrar al Padre Celestial es necesario buscarle primero con toda nuestra mente, concentrándonos totalmente en Él.

 El Yoga es para todos

Algunos afirman que el yoga no es apropiado para los occidentales y que los hindúes están mejor adaptados para su práctica, pero eso no es verdad. Numerosos occidentales se encuentran actualmente en mejores condiciones para practicar el yoga que gran parte de los hindúes, ya que, debido a los avances científicos, los occidentales disponen de más tiempo libre. La India debería utilizar cada vez más los progresistas procedimientos materiales de Occidente para hacer la vida más fácil y contar con mayor libertad; y Occidente debe adoptar de la India los prácticos métodos metafísicos del yoga con los que todas las personas pueden encontrar su camino hacia Dios. El yoga no es una secta, sino una ciencia universalmente aplicable mediante la cual podemos encontrar a nuestro Padre.

El yoga es para todo el mundo, tanto para los pueblos de Occidente como para los de Oriente. No podríamos afirmar que el teléfono es inadecuado para Oriente por el solo hecho de haber sido inventado en Occidente. De la misma manera, los métodos del yoga, aunque fueron desarrollados en Oriente, no son exclusivamente para Oriente, sino que son útiles para toda la humanidad.

Bien sea que un hombre haya nacido en la India o en América, habrá de morir algún día. ¿Por qué no aprender a «morir diariamente» en Dios, como hiciera San Pablo? El yoga enseña el método para hacerlo. El hombre vive en el cuerpo como un prisionero y, cuando llega su hora, debe sufrir la indignidad de ser expulsado de él. El amor al cuerpo no es, pues, otra cosa que el apego al encarcelamiento. Acostumbrados a vivir en el cuerpo durante largo tiempo, hemos olvidado el significado de la verdadera libertad. Ser occidental no constituye una excusa para no buscar la libertad. Es vital para todo ser humano descubrir su alma y conocer su naturaleza inmortal. El yoga indica el camino.

El alma debe ascender de nuevo a Dios

Antes de que existiera la creación, existía la Conciencia Cósmica: el Espíritu o Dios, el Absoluto, la Bienaventuranza siempre-existente, siempre-consciente y siempre-nueva, más allá de toda forma y manifestación. Cuando comenzó a existir la creación, la Conciencia Cósmica «descendió» al universo físico manifestándose como Conciencia Crística: la reflexión pura y omnipresente de la inteligencia y conciencia de Dios inherentes a la creación y ocultas en ella. Cuando la Conciencia Crística desciende al cuerpo físico del hombre, se convierte en alma o supraconciencia: la bienaventuranza siempre-existente, siempre-consciente y siempre-nueva de Dios, que se torna individual en cuanto se recluye en el cuerpo. Cuando el alma se identifica con el cuerpo, se manifiesta en la forma de ego o conciencia mortal. El yoga nos enseña que el alma debe ascender de nuevo por la escalera de la conciencia para retornar al Espíritu.

Nota: El yoga enseña que la morada del alma (de la vida y de la conciencia divina del hombre) se encuentra en los sutiles centros espirituales del cerebro: Sahasrara, o loto de mil pétalos, que se halla en la parte superior del cerebro y donde se aloja la conciencia cósmica; Kutastha, situado en el entrecejo, lugar donde reside la conciencia Crística; y en el centro medular (que se conecta por polaridad con el Kutastha), asiento de la supraconciencia. Al descender al cuerpo (y a la conciencia corporal) desde estos centros de percepción espiritual superior, la vida y la conciencia circulan en sentido descendente a lo largo de la espina dorsal, pasando a través de los cinco centros espinales astrales, y se ramifican hacia el exterior a través de los órganos físicos vitales, percepción sensoria y acción.

A fin de recobrar la beatífica conciencia de su unidad con Dios, el alma humana debe invertir la dirección de su trayectoria descendente, y ascender por la sagrada ruta espinal hasta su hogar, localizado en los centros cerebrales superiores de conciencia divina. Tal objetivo se logra mediante la práctica de las técnicas científicas de meditación yóguica proporcionadas por el gurú, tales como las que se aprenden al estudiar las Lecciones de Self-Realization Fellowship.

 

El secreto de la felicidad consiste en ser consciente de la presencia de Dios

Gozar de la vida no es reprobable; el secreto de la felicidad consiste en no apegarse a nada. Disfruta del aroma de las flores, pero contempla a Dios en ellas. Yo me mantengo consciente de mis sentidos con la única finalidad de que, al utilizarlos, pueda percibir siempre a Dios y pensar en Él: «Mis ojos fueron creados para contemplar tu hermosura en todas partes. Mis oídos fueron creados para oír tu voz omnipresente». Eso es yoga: unión con Dios. No es necesario ir a un bosque para encontrar al Señor pues, dondequiera que estemos, los hábitos mundanos nos mantendrán atados mientras no consigamos librarnos de ellos. El yogui aprende a encontrar a Dios en la gruta de su corazón y, dondequiera que vaya, lleva siempre consigo la beatífica conciencia de la presencia divina.

No sólo ha descendido el hombre a la conciencia mortal de los sentidos, sino que ha quedado ligado por las diversas imperfecciones de dicha conciencia, tales como la avaricia, la ira y la envidia. Para encontrar a Dios, el ser humano debe deshacerse de tales anormalidades. Tanto orientales como occidentales deben liberarse de la esclavitud de los sentidos. Un hombre corriente puede enfadarse porque no le han servido su café matutino, pues está seguro de que esta privación le producirá dolor de cabeza: es un esclavo de sus hábitos. El yogui avanzado, sin embargo, es un ser libre. Cualquier persona puede ser un auténtico yogui, sea cual fuere el sitio en el que ahora se encuentre. Sin embargo, tendemos a considerar extraño y difícil todo aquello que sobrepasa el ámbito de nuestros propios hábitos de vida. ¡Jamás tomamos en consideración qué opinan los demás de nuestros hábitos!

La práctica del yoga conduce a la liberación. Algunos yoguis, sin embargo, llevan hasta el extremo el concepto de desapego. Enseñan que uno debería ser capaz de acostarse en un lecho de clavos sin sentir molestia alguna y practicar otras formas de tapasya o disciplina física. Si bien es verdad que aquel que puede sentarse en una cama de clavos y pensar al mismo tiempo en Dios, manifiesta una gran fuerza mental, tales proezas no son necesarias. Es posible, igualmente, sentarse en una silla cómoda y meditar en Dios.

Patanjali enseña que toda postura que mantenga la espina dorsal erguida es apropiada para la meditación o concentración yóguica en Dios. No es necesario ejecutar contorsiones corporales, ni practicar ejercicios que requieran una flexibilidad y una resistencia física extraordinarias, tal como se aconseja en HathaYoga. Dios es la meta y debemos enfocar nuestros esfuerzos en lograr la conciencia de su presencia. El Bhagavad Gita afirma: «A aquel que con devoción permanece absorto en Mí, con su alma inmersa en Mí, le considero, entre todas las clases de yoguis, como el más equilibrado» (VI:47).

Se sabe que los yoguis hindúes han mostrado indiferencia al calor y al frío extremos, así como a los mosquitos y a otros insectos molestos. Dicha demostración no constituye un requisito para ser un yogui, pero es un logro natural del practicante avanzado. Debemos tratar de eliminar los elementos perturbadores, o soportarlos, si fuese necesario, sin permitir que nos afecten interiormente. Si una persona puede mantenerse aseada, sería absurdo que permaneciera sucia. Uno puede apegarse a vivir en una choza lo mismo que a residir en un palacio.

El factor más importante para lograr el éxito espiritual es la determinación de alcanzarlo. Jesús expresó: «La mies es mucha y los obreros pocos» (Mateo 9:37). La gente del mundo busca los dones de Dios, pero el que es sabio busca al Dador mismo.

Ser un yogui significa meditar. Al despertar cada mañana, el yogui no piensa primero en el sustento para su cuerpo, sino que alimenta su alma con la ambrosía de la comunión divina. Saturado con la inspiración que su mente encuentra al sumergirse profundamente en la meditación, él es capaz de desempeñar alegremente todos sus deberes cotidianos.

Dios creó intencionalmente esta Tierra tal cual es; conforme a su plan, la parte que le corresponde al hombre es mejorar el mundo. Los occidentales tienden hacia un extremo, tratando constantemente de lograr nuevas y mayores comodidades materiales, y los orientales tienden también hacia el extremo, sintiéndose satisfechos con lo que poseen. Tanto la actitud emprendedora de Occidente como la actitud pasiva y despreocupada de Oriente tienen su atractivo. Lo que debemos hacer es lograr un equilibrado término medio.

La meditación forja al yogui

Para encontrar a Dios debemos meditar por la mañana y por la noche, y cada vez que dispongamos de algún momento libre durante el día. Es importante, además, meditar durante seis horas un día a la semana. Lo anterior no es irrazonable, si consideramos que hay personas que todos los días de la semana practican el piano durante diez horas diarias, sin que les parezca excepcional. Para convertirse en un maestro espiritual es preciso dedicar más tiempo a Dios. Tenemos que demostrarle que le amamos a Él más que a ninguna otra cosa. Cuando llegues a ser experto en la meditación y capaz de profundizar en la supraconciencia, no necesitarás dormir más de cinco horas. El resto de la noche debería dedicarse a meditar. Podemos emplear la noche y las primeras horas de la madrugada, así como los días festivos, para meditar en Dios. En esta forma, cualquier persona —incluso el atareado occidental— puede llegar a ser un yogui. Sé, pues, un yogui occidental. ¡No es necesario que lleves un turbante en la cabeza o el cabello largo como yo!

Necesitamos las «colmenas» de las iglesias, pero también es preciso llenar las iglesias con la «miel» de nuestra propia realización del Ser. Naturalmente que Dios está presente también en las iglesias; pero tu mera asistencia a la iglesia no persuadirá a Dios para que se te revele. Es provechoso acudir a la iglesia, pero mejor aún es meditar diariamente. Haz, pues, ambas cosas: con toda certeza recibirás inspiración en la iglesia y mediante la meditación diaria obtendrás aún mayor elevación espiritual. Cuando el devoto, con el corazón ardiente, lanza —uno tras otro— los proyectiles de sus oraciones, Dios se le entrega. Esa devoción incesante es esencial para encontrarle. A fin de ser un yogui y, no obstante, marchar al mismo paso del mundo moderno, es necesario meditar en el hogar, disciplinarse y desempeñar todas nuestras obligaciones con la actitud de que son un servicio que se ofrece a Dios.

Mi mayor anhelo es construir templos de Dios en las almas de los hombres y contemplar la sonrisa de Dios en los rostros humanos. El logro más importante de la vida es establecer un templo de Dios en nuestra propia alma. Y podemos realizarlo fácilmente. Con esa finalidad fue enviada Self-Realization Fellowship a Occidente.

Todo aquel que haya establecido a Dios en el templo de su alma es un yogui y puede afirmar conmigo que el yoga es para todo el mundo —la gente de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur— y que permite pasar de las sendas colaterales de la teología a la autopista del yoga. La vía correcta conduce al palacio de la bienaventuranza de Dios; y el que logre llegar allí «no saldrá fuera ya más» (Apocalipsis 3:12).

 

Para profundizar en el estudio de este tema:

 

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